Una vibrante experiencia de evolución

Hoy quiero contar un caso de éxito de coaching ejecutivo, es más, me apetece muchísimo. Ya veréis porqué, aunque parezca algo muy personal y exento de esa comunidad que he establecido en mis posts con lo que ocurre en el mundo, es una calmada reflexión sobre el alcance de los líderes, hoy.

Es el de una persona que, en el punto en que su madurez comienza a aflorar para permanecer, afronta una serie de transformaciones que lo impulsarán, de una manera u otra, a un nuevo umbral en su existencia… y no solo en su faz profesional (nunca lo es).

Desafíos que se acumulan, expectativas fallidas, tensiones a flor de piel, objetivos insatisfechos, relaciones complejas y una red intrincada —la trama organizacional— que conecta todos estos factores y propugna una propuesta concreta, con unos objetivos asumibles en unos plazos lógicos de trabajo.

L.O. se acercó con la actitud adecuada del coachee (cliente), es decir, una entrega, una curiosidad y el deseo sano de mejora que se antojan, a priori, imprescindibles para alcanzar ciertas garantías de éxito en un proceso gradual y confrontativo.

Las sesiones se fueron dando la mano con un cambio concreto de sus competencias, y en la suma de percepciones reveladoras (el célebre «quiebre»), un descubrimiento de un mundo que lo conectó con su propia sabiduría, más allá del ego o de la mente consciente, que no solo reconoce los valores existentes, sino que creativamente descubre otros… y entonces la existencia adquiere otros contornos más emocionantes, porque se establece ¡ya! una conexión con la parte profunda del ser y con ello, la promesa de una mayor evolución del potencial.

L.O. se convirtió, a mis ojos, en un voraz interpelador de la vida, un genuino líder servidor, ese que aúna servicio y significado en los negocios y en la mayoría de las actividades humanas, según la noción de Robert Greenleaf, alguien con conocimiento de los valores profundos a los que sirve conscientemente desde su puesto de mando, que en el mundo occidental refiere a asuntos como excelencia, satisfacer el potencial propio y permitir hacerlo a los demás, éxito, calidad de productos y servicios y afán de crecimiento imparable y, en contraste, acorde con el espíritu del humanismo oriental, también representa los valores tradicionales de Oriente, que se centran en asuntos como compasión, humildad, gratitud, servicio a la propia familia y al hecho de ser uno mismo, porque un líder servidor sirve a la fuente esencial del sentido y los valores, se pone en sintonía con las fuerzas vitales básicas del universo y, al servirlas, naturalmente sirve a sus colegas, su empresa, la sociedad en general… ¿el mundo?

L.O. ha desarrollado (aún más) la capacidad de ser flexible (activa y espontáneamente adaptable), poseer un alto nivel de conciencia de sí mismo, la capacidad de afrontar y usar los aprendizajes de experiencias pasadas, la cualidad de ser inspirado por visiones y valores, la reluctancia a causar daños innecesarios, la tendencia a ver las relaciones entre las cosas (ser «holístico»), una marcada tendencia a preguntar «¿por qué?», o «¿y si?» y a pretender respuestas fundamentales, ser lo que los psicólogos denominan «independiente de campo», es decir, poseer una facilidad para estar contra las convenciones, interpelarlas y trascenderlas.

¿He dicho ya que para mí es un verdadero honor compartir una interrelación de tal calibre, haber sido observador de tan alto nivel de evolución?

Reflexión asociada:

La búsqueda de sentido es la primera motivación de la vida de un hombre y no una «racionalización secundaria» de impulsos instintivos. Este sentido es único y específico ya que debe y puede ser hallado por cada hombre a solas; sólo entonces adquiere una importancia que satisfará su propia voluntad de significado.

Viktor Frankl

El elemento diferencial, a mi juicio y como opinión absolutamente personal basada en mi experiencia profesional, es que L.O. logró esa conexión fundamental, ese afán de autorrealización que algunos científicos ya propugnan como I.ES. (Inteligencia Espiritual) y que, más allá de etiquetas, se refiere a la capacidad interna e innata del cerebro y la psique humanas que extrae sus recursos más profundos del meollo del mismo universo y permite al cerebro encontrar y usar significados en la solución de los problemas como medio para forjar nuevos rumbos, para encontrar alguna sana expresión de significado, algo que nos emocione y nos guíe desde nuestro interior.

Daniel Goleman escribió sobre emociones intrapersonales, o dentro del ser, y emociones interpersonales, las que compartimos con los demás o usamos para relacionarnos con ellos. Pero la Inteligencia Emocional no puede ayudarnos a superar el abismo que nos permite integrar lo intrapersonal con lo interpersonal, entre el ser y el otro, el prójimo. Esa conexión, este tipo de inteligencia es «el alma de la inteligencia», es la inteligencia que nos hace completos.

¡Y que yo tuve el privilegio de acompañar! Gracias a L.O., a su superior jerárquico y a su Directora de RRHH por afianzar la férrea alianza en el sendero hacia un claro objetivo: la construcción de un nuevo y apasionante LÍDER INSPIRADOR, sí, como diría Dilts, en mayúsculas. Gracias.

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